Como todos aquellos personajes de la historia de la vida que transcurren su existencia entre estudios, familia y trabajo, siempre existe un momento en el que la reflexión nos obliga a revisar aquellas páginas que no se escribieron, por cualquier razón, por flojera, miedo, o por no saber cómo hacerlo.

Así me encontré yo en vísperas de arribar a los 58 años, muy preocupado por una crisis estructural de una economía estancada, de una desesperanza aprendida entre mis pares, y de una incomodidad propia de no resignarme a dejar que esa ola de la autopercepción negativa me llevara como uno más al baúl de los recuerdos de quienes sirvieron a su país, su familia, su empresa, pero ya se retiraron.

Sentía la inquietud de construir, me siento todavía muy capaz, tanto física como cognitivamente, y la edad no podía ser un obstáculo para no sentir la curiosidad cada vez mayor de acercarme a un fenómeno cultural del siglo que vivimos que se llama el emprendimiento.

Nunca como ahora el mundo introduce inventos y desarrollos cada día que nos llevan a la pérdida de la perplejidad, a la costumbre a lo que no conocemos, y una historia detrás de cada una de estas empresas. ¿El común denominador? Un emprendedor.

En marzo del 2000, plenos albores del siglo, disfruté de la experiencia de acompañar a mi jefe cursando ambos un programa que se llamaba «The Babson Program on Corporate Entrepreneurship», y fue allí, en Babson College, donde presenciamos cómo los arquitectos del futuro del mundo eran formados con elementos de liderazgo, gestión de la creatividad, planificación del desarrollo, y otros tantos elementos que me sirvieron los casi 24 años siguientes para ayudar, apoyar, colaborar, enseñar a otros a llevar sus empresas adelante. Debo reconocer que pensar en mi propio emprendimiento no estaba en mi mapa mental, porque siempre pensaba en el riesgo que significaba para mi familia, el destino del dinero que invertiría en «probar» si algo salía bien o mal. Con el tiempo, ese pretexto fue mutando hacia la excusa de la edad, esa creencia autolimitante que no me dejó comprender en aquellos momentos de querer emprender, que yo venía acumulando conocimiento, experiencia y el talento necesario para creer en mis proyectos, e inclusive motivar a otros a que creyeran también en ellos.

Así fue, como luego de leer el libro de Peter Thiel, De Cero a Uno, decidí que me formaría en emprendimiento, porque había llegado a la conclusión de que ya el mercado laboral no me requería, (había tenido la fortuna de ocupar mi último cargo directivo en una empresa Top10 del país hasta los 55 años), y que la etiqueta de «consultor» no representaba otra cosa que un experimentado profesional sin empleo dispuesto a ayudar en lo que hiciera falta, ya sea solo, o acompañado por otros pares, como me dediqué yo a través de un par de iniciativas, donde tuve la oportunidad inclusive de atender clientes en otro país, pero siempre bajo el mismo esquema protempore que era mantener la incertidumbre en el futuro.

Fue entonces cuando me dediqué a investigar, y encontré varias opciones que me parecieron interesantes, sobre todo porque yo estaba claro de que quiero emprender negocios digitales que solucionen problemas cotidianos de mi generación. Entonces en esa búsqueda hice el ejercicio de colocar «Founder» en LinkedIn y me sorprendí de conocer a través de sus páginas a personas ligadas a iniciativas muy exitosas que mencionban algo llamado Founder Institute.

Recuerdo que mi sorpresa fue mayor cuando al ingresar a su portal (fi.co) encontré que era la mayor aceleradora de startups del mundo que se centra en la formación de emprendedores y el desarrollo de empresas en sus etapas iniciales, con actividad en los 6 continentes, 15 años de experiencia, y abría una actividad en Caracas próximamente. No podía creerlo, y luego de revisar un pensum demasiado atractivo y actualizado, muchos testimoniales positivos, y llamar por teléfono a alguien que conocía de forma indirecta y que había pasado por allí hace algunos años, me convencí de que ese era mi destino.

Bueno, no bastaba con quererlo, había que ganárselo, y el reto me pareció todavía más motivador, porque me estaba midiendo de tú a tú con gente de muchos sitios, de cualquier edad y formación, y quería, al menos, hacer el intento.

Recuerdo llenar una aplicación convencional de formación y experiencia, y luego dos hitos inolvidables, una prueba psicométrica denominada el ADN Emprendedor, con una serie de situaciones, donde debía responder sobre la base de mi comportamiento actitudinal, y luego un IQ Test de esos que ahora están sirviendo de referencia para muchos accesos, con figuritas, números, series, y todo eso que uno siempre asume que están hechos para ser respondidos y así lo hice. Pasados unos días, creo que semanas, me escriben para decirme que había sido aceptado, y mi alegría fue muy grande porque en la misma introducción del programa hablaban de los criterios de selectividad. Pensé entonces que lo más difícil había pasado ya. Creo que me equivoqué!!

El programa no arrancó por Caracas. «No hubo quorum», nos dijeron, y no me dió tiempo de entristecerme cuando ya estaba inscrito en el programa Colombia Spring 2024. De entrada, ya nos advertían que este programa podía significar el equivalente a una carga de «medio tiempo» por lo que pedían que uno se planificara para cumplirlo a cabalidad. Me econtraba trabajando como Director de Negocios Digitales de una empresa pequeña, donde las 8 horas a veces no alcanzaban, pero como pude, metí mi FI Core Program todas las noches dos horas y todos los sábados, sin perderme las clases de los miércoles, donde conocimos a gente muy exitosa y generosa que compartía sus experiencias y conocimientos generosamente sobre cada una de las áreas temáticas de cada semana, eso que llamamos «sprint» y que venía acompañada de más de 10 «entregables» con tiempo predestinado de dedicación aproximada, que al principio veía exagerado, y en más de un caso requerí del doble del tiempo para lograrlo.

Cada semana nos acompañaban mentores de lujo, con trayectorias y éxitos palpables. En lo personal, conté con el apoyo de dos mentores de lujo, Jorge y Guillermo, profesores y amigos, personas de éxito y trayectoria, que siempre estuvieron para atender mis dificultades, algunas por algún rezago de brecha digital, otras por no haber trabajado con algunas áreas como la de las finanzas en las startups, pero siempre pude salir a flote y terminar mis asignaciones con la satisfacción de temas aprendidos. Cada semana el programa fue más exigente, pero nosotros dábamos más porque ya no estábamos participando en el FI. Estamos involucrados con nuestros emprendimientos, y vamos de la mano con el FI, convencidos de que es la forma de llegar a nuestro objetivo.

Esta apasionante aventura de emprendimiento digital venía aderezada con algunos condimientos que no contaba al principio, como la deserción de compañeros por falta de tiempo, y las eliminaciones que se hacen durante su duración y que dejaban por fuera también a otros pares. Si no tenías suficiente emoción con lo que aprendías, tenías que activar tu instinto de supervivencia. Ese era mi tema de cada miércoles por la noche a partir de una semana X del programa. Decirle a mi esposa que seguía vivo, como un un reality show, que siempre fue mucho más realidad que show.

Es así como, hoy, día en el que asisto a mi graduación en el Founder Institute, no albergo la menor duda sobre recomendarlo absolutamente a todo aquel que sienta el gusanito de fundar una empresa aprendiendo cómo se deben hacer las cosas bien en realidad, y que reciba una enseñanza que es global, y que nunca prescribe, porque como algo extra, el Founder Institute nos deja integrados a una familia, a la familia FI, conectados a sus recursos informáticos por toda nuestra vida, y accesibles cada vez que los necesitemos. Y como decían los famosos infomerciales, «eso no es todo», a partir de ahora pasamos a disfrutar de beneficios realmente importantes con las principales plataformas informáticas del mundo. Creo que bien valió la pena el esfuerzo y el sacrificio!!

Esta experiencia me resulta diferente a otras vivencias académicas muy significativas para mi vida. Y es que es la primer a vez que siento que me han enseñado algo donde soy yo quien cada semana me demuestro a mí mismo que los retos se convierten en logros prácticos para una vida futura seguramente diferente.

El programa del Founder Institute no viene con una garantía certificada de que lo que hagamos de ahora en adelante será fundar empresas exitosas porque sí. No, no existe tal oferta. Pero lo que sí puedo garantizarles es que si no alcanzo los objetivos que me propondré en el futuro inmediato es porque no estoy utilizando adecuadamente las herramientas que adquirí, ya que en estas 14 semanas entendí el por qué de aquella prueba que les comenté del ADN Emprendedor, y realmente uno disfruta haciendo lo que te enseñan a hacer. Lo llevamos en la sangre!!

Gracias Founder Institute, gracias Mentores, gracias compañeros Founders, gracias!!

Creo que el agradecimiento es la mejor forma de darle el justo valor a lo que valor tiene en nuestras vidas!!

Que Dios los bendiga!!